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Viernes 24 de julio de 2026 - 01:00 AM

Nada

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Hace cuatro años, cuando presenciamos la posesión de Gustavo Petro como presidente de la República, el optimismo se apoderó del país. El acto estuvo cargado de simbolismos y de mensajes esperanzadores. “Uniré a Colombia”, dijo. “Tenemos que decirle basta a la división que nos enfrenta como pueblo. Yo no quiero dos países, como no quiero dos sociedades”.

Ese primer discurso se destacó por su tono sereno y por su coherencia. Así lo sentimos. La ilusión duró poco. Rápido, muy rápido, se le olvidó lo que prometió en campaña y lo que anunció en su primer acto de gobierno.

Ofreció una Colombia posible. Prometió llevar paz y tranquilidad a cada rincón de la patria. La “paz total” fue su más estruendoso fracaso. Basta con darse una pasada por el Catatumbo, esa zona de la otra Colombia, de la Colombia profunda de la que tanto hablaron, que sigue sumida en el abandono estatal.

El día a día en el Catatumbo es aterrador. El miedo cunde en cada rincón de los trece municipios que lo conforman. No hay que ir muy lejos. El episodio más reciente ocurrió en El Carmen. En la madrugada del 17 de julio, en plena celebración de las fiestas patronales, un civil y un policía fueron asesinados. Como medida para proteger la vida de los habitantes, el alcalde suspendió la agenda cultural programada para celebrar los 340 años de fundación y ordenó el toque de queda en todo el municipio entre las 6 de la mañana del domingo 19 de julio y las 6 de la mañana del martes 21 de julio.

La medida se adoptó “mientras se restablecen las condiciones de orden público en el municipio”. Háganme el favor. Como si allá el orden público se hubiera restablecido en algún momento de los últimos ochenta años. Tendrán que encerrarse de por vida. En los oídos de muchos carmelitanos, entre ellos mi madre, aún resuenan los gritos desgarradores que se escucharon el 16 de noviembre de 1949. Otros todavía recuerdan la cruenta toma guerrillera de julio de 1992.

En el Catatumbo ya no se escucha el silbido de los pájaros. Las ráfagas de fusil, las detonaciones constantes y los drones explosivos los espantaron. Las disidencias de las Farc y el Eln se disputan el territorio, dicen, con la aquiescencia del Estado.

La crisis no es de ahora, dirán con cierta razón. Pero prometieron tanto que al final no hicieron nada. Cuatro años hablando hasta la saciedad de la otra Colombia. Cuatro años prometiendo hacer posible lo imposible. Cuatro años prometiendo gobernarla, escucharla, dignificarla. Nada. Cuatro años después, esa otra Colombia sigue encerrándose para sobrevivir. Cuatro años después, el Catatumbo sigue esperando esa “segunda oportunidad sobre la tierra”.

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