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Viernes 24 de julio de 2026 - 01:00 AM

Así no era

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El espectáculo que vimos el pasado 20 de julio en las instalaciones del Congreso Nacional causa verdadera pena ajena, pues convertir una ceremonia que debiera ser solemne en una actuación propia de una plaza de mercado solo está poniendo de presente el talante cívico de quienes serán nuestros padres de la patria en el próximo cuatrienio.

La instalación del Congreso no es un simple trámite burocrático; es un evento protocolario por excelencia, en el cual se consagran a quienes discutirán y aprobarán nuestras leyes para el futuro y muy poco se puede esperar de ellos cuando tienen comportamientos que rayan en la ramplonería.

Cuando un recinto como lo es el Capitolio Nacional se convierte en un circo, propio de una feria popular, se deterioran la imagen y la confianza públicas, y empezamos a pensar que quienes llegaron allá son incapaces de dimensionar la importancia del compromiso que adquirieron y solo celebran la fiesta del salario que devengarán en el futuro.

No puede un pueblo confiar en que esas personas que hicieron de la ceremonia un espectáculo vergonzoso sean capaces de entender el compromiso que asumieron, pues su comportamiento puso de manifiesto una conducta inadecuada, a pesar de que estaban de frente a todo el país, que los estaba observando a través de las cámaras de la televisión nacional.

Esa demostración solo pone de manifiesto la inmadurez cívica protagonizada, dejando en evidencia que pudo más el desorden y la anarquía que todos los colombianos presenciamos que la seriedad y solemnidad que se suponía debía tener dicho acto.

Volvemos al viejo modelo en donde, en lugar del debate interno y la confrontación de ideas, se dará paso a las manifestaciones irracionales más propias de una caterva de atarvanes que de unos beneficiarios de la confianza nacional.

Sentimos que los congresistas no han podido entender qué es la cultura, pues su comportamiento dista mucho de acatar las mínimas reglas sociales.

Convertir un recinto legislativo en un espacio de algarabía, desorden y falta de decoro solo demuestra la poca capacidad de nuestros parlamentarios de entender las normas de la civilidad; es más, a esas ceremonias no debían concurrir sino los interesados; todo lo demás es un relleno inútil que solo conduce a los desórdenes que pudimos apreciar.

Siempre hemos creído que las ideas impuestas a gritos o utilizando pancartas estúpidas solo ponen en evidencia el nivel cultural de quienes las utilizan.

La autoridad moral no se impone alzando la voz o con chambonadas y mucho nos preocupa que esta sea la técnica a utilizar en los debates en los cuales prime más la forma que el fondo.

Empezamos nuestra legislatura muy mal. Pobre Colombia.

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