¿Ha pensado cuánto importa realmente un árbol?
Bucaramanga no sería la misma sin sus árboles. Basta caminar al mediodía para comprenderlo. Buscamos su sombra y agradecemos el aire que nos brindan. En la Ciudad de los Parques, los árboles también forman parte de su identidad.
Pero esa gratitud suele durar hasta cuando un árbol se atraviesa en nuestros planes. Si tapa una fachada, resta visibilidad a un negocio, levanta parte del andén o incomoda una construcción, aparece la idea de cortarlo. Lo que necesitó décadas para crecer termina reducido a una molestia que debe desaparecer.
Comprendemos que existen árboles enfermos, raíces que producen daños y ramas que pueden representar peligro. No se trata de conservarlos ciegamente desconociendo los riesgos. Por eso, cualquier intervención debe estar precedida de una valoración técnica. Lo que no resulta admisible es que el gusto de un propietario o la conveniencia de una obra decidan el destino de un árbol.
Una construcción responde a un interés particular; la sombra, el aire y el alivio que ofrece un árbol benefician a todos. El derecho de propiedad merece respeto, pero no es absoluto ni puede ejercerse ignorando el derecho colectivo a un ambiente sano.
Los árboles no protestan ni pueden defender el lugar que han ocupado. Tampoco pasan factura por lo que nos entregan. Disminuyen el calor, retienen agua, amortiguan el ruido y hacen agradable una ciudad cada vez más cubierta de concreto. Solo valoramos sus beneficios cuando el árbol ya no está presente.
Por eso merece reconocimiento la tarea de la CDMB y demás autoridades ambientales de Bucaramanga. Sus exigencias a veces incomodan y enfurecen. A nadie que construye o remodela le agrada modificar un diseño, proteger unas raíces, tramitar un permiso o asumir una medida de compensación. Sin embargo, esas decisiones cumplen una función necesaria. Cuando la conciencia no alcanza, la autoridad debe recordarnos que tenemos obligaciones con el entorno.
Ahora bien, cumplir medidas de compensación no puede convertirse en una fórmula para talar. Un árbol adulto no se reemplaza sembrando una planta en cualquier lugar. Tendrán que pasar muchos años antes de recuperar la sombra, la copa y los beneficios ambientales perdidos. La primera opción siempre debe ser conservar. La tala debe reservarse para los casos necesarios y la compensación debe cumplirse y vigilarse.
Una ciudad no progresa solamente porque levante nuevos edificios, modernice locales o exhiba fachadas bonitas. También progresa cuando sabe crecer sin arrasar lo que le permite respirar.
Debemos pensarlo la próxima vez que un árbol parezca estorbar. Antes de preguntar cuánto cuesta retirarlo y cómo hacerlo, convendría preguntarnos cuánto perderíamos todos si ya no estuviera. Porque aquello que incomoda un proyecto particular puede estar favoreciendo nuestra calidad de vida.











