Siete y treinta de la noche. Un jueves cualquiera. Salgo del emblemático Hotel Bucarica, hoy patrimonio cultural y sede de la Universidad Industrial de Santander. Camino apenas unos pasos y entro al Parque Santander por su costado occidental. Lo que encuentro parece una escena escapada de otra época.
Mientras el centro de Bucaramanga comienza a vaciarse y la luz apenas alcanza para dibujar los senderos, un pequeño grupo de personas permanece atento a una función de teatro callejero. No muy lejos, bajo la luz cansada de un farol, varios hombres mayores disputan silenciosamente una partida de ajedrez. Nadie parece tener afán.
No hay silletería, pantallas gigantes ni grandes conciertos. Apenas un par de tableros, unos actores, algunos curiosos y un gesto que hoy parece extraordinario: quedarse.

Esa noche comprendí que esos ciudadanos estaban haciendo mucho más que ver una obra o mover unas fichas de ajedrez. Estaban sosteniendo una manera de vivir la ciudad que creíamos perdida.
Hace más de medio siglo, la urbanista Jane Jacobs escribió que los espacios públicos son más seguros y más humanos cuando están llenos de ciudadanos. Los llamó «los ojos sobre la calle». No se refería a policías ni a cámaras de vigilancia, sino a personas que conversan, leen un libro en una banca, juegan ajedrez, pasean a sus hijos o simplemente contemplan la tarde. La presencia cotidiana de la gente, decía, es la forma más poderosa de cuidar una ciudad.
Quizá por eso los parques fueron durante décadas el verdadero corazón de Bucaramanga. Antes de que existieran los centros comerciales como lugar de encuentro, la vida pública ocurría allí. En sus bancas se arreglaban los asuntos del barrio, se escuchaban las retretas, los niños corrían y los adultos mayores encontraban un lugar donde el tiempo parecía caminar más despacio. Los parques no eran un adorno urbano; eran la «sala» donde la ciudad se encontraba consigo misma.
Con los años cambiamos esa idea. Comenzamos a diseñar una ciudad cada vez más eficiente para «circular», pero menos amable para «permanecer». El concreto fue ganando espacio al árbol; la velocidad, a la conversación; el afán, a la contemplación. Poco a poco dejamos de preguntarnos si un parque invitaba a quedarse una hora más.
Sin embargo, la escena del Parque Santander demuestra que el deseo de habitar la ciudad sigue vivo. Los ciudadanos ya están haciendo su parte. Hay artistas que llevan el teatro a la calle sin esperar grandes escenarios. Hay adultos mayores que convierten una banca en un club de ajedrez.
La pregunta, entonces, ya no es si los ciudadanos queremos recuperar nuestros parques. La pregunta es si la ciudad está dispuesta a responder a ese deseo. No hacen falta proyectos monumentales para comenzar. A veces basta con una iluminación digna, árboles bien cuidados, bancas en buen estado, una programación cultural permanente y la decisión política de entender que un parque no es un vacío entre edificios, sino el lugar donde una ciudad aprende a reconocerse.
Por: María Ximena Mantilla Macías











