Publicidad

Columnistas
Miércoles 29 de julio de 2026 - 01:00 AM

Desconocer, conocer, reconocer

Compartir

Cada persona, sin importar su formación, su cultura o sus creencias, establece una relación particular con el conocimiento. Aunque para muchos el conocimiento es un tema exclusivamente relacionado con lo académico y lo científico, para otros va más allá y se convierte en un asunto práctico que fundamenta la supervivencia humana.

Conocer, aprender o saber algo no se reduce a asimilar o procesar información. De manera semejante, desconocer o ignorar no es necesariamente el resultado de no poder acceder a ella.

A lo largo de nuestra vida, nos guste o no, los seres humanos interactuamos con la realidad a partir del conocimiento. Se pueden ignorar muchas cosas, descalificar la importancia de aprender algo nuevo e incluso subestimar su utilidad. Sin embargo, en la vida cotidiana, sea cual sea nuestra ocupación, lo que hacemos y lo que pensamos es, en buena medida, el resultado de lo que hemos conocido y de nuestra disposición para aprender.

En cada acción que realizamos, desde preparar nuestro propio alimento hasta buscar una dirección en la calle o comprar algo en el supermercado se evidencia la fluctuación entre intentar, fallar y mejorar, del mismo modo que ocurre al aprender un nuevo idioma, desarrollar un talento artístico o realizar una compleja operación matemática.

Cada intento por hacer algo hasta perfeccionarlo e incluirlo en nuestra rutina de vida, de forma automática, atravesó el incierto camino de la experiencia humana. “Nadie nace aprendido”, dice un refrán popular que nos recuerda que la experiencia solo es posible a partir de un estado previo de ignorancia en el que carecemos de la instrucción y la comprensión necesaria sobre aquello que aspiramos a hacer.

Es evidente que para cada persona las circunstancias juegan a veces a su favor y otras veces en su contra: tanto sus necesidades e intereses, como sus privilegios y carencias, influyen en el desarrollo y aprovechamiento de sus capacidades. Sin embargo, hay un estado que se construye desde el interior de cada ser, que potencia el descubrimiento de sí mismo y del mundo, traduciéndose en más de un motivo para apreciar la vida. Es aquí cuando el acto cognitivo trasciende su utilidad, despertando una sensibilidad que nos invita a interesarnos por entender, de manera más empática, la realidad del otro.

Cursar una carrera universitaria, estudiar el bachillerato, formarse en un saber o un oficio para ganarse la vida, no nos vuelve instantáneamente mejores personas, aunque pone en marcha una serie de disposiciones y actitudes que, en el mejor de los casos, repercuten en la intención de contribuir con un mundo mejor. Son experiencias que nos disponen al entendimiento, al aprendizaje y al sano reconocimiento de lo poco que sabemos y de lo mucho que ignoramos.

Publicidad

Publicidad

Tendencias

Publicidad

Publicidad

Noticias del día