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Editorial
Sábado 18 de julio de 2026 - 01:00 AM

Un día sin carro… y sin ideas

Publicado por: Editorial

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La decisión de reeditar en Bucaramanga el denominado día sin carro y sin moto reabre una discusión que, lejos de zanjarse, evidencia cada vez con mayor claridad la distancia entre la intención declarada de estas jornadas y sus resultados efectivos. Lo que en su origen pudo concebirse como un gesto de pedagogía ambiental o un experimento de movilidad alternativa se ha transformado, con el paso de los años y la acumulación de evidencia empírica, en una medida que muchos sectores, incluyendo a comerciantes y expertos en urbanismo, consideran anacrónica y contraproducente.

Los datos recogidos en jornadas anteriores en Bucaramanga ofrecen un panorama desalentador, pues en sectores como Cabecera, en vez de registrarse una mejora en la calidad del aire, se ha probado un aumento en la contaminación, llegando incluso, como ocurrió en 2013, a un incremento en monóxido de carbono de casi el 80 %, producto del aumento de circulación, ese día, de vetustos buses diésel, especialmente.

Es necesario, entonces, que Bucaramanga se replantee seriamente la idea de adoptar modelos que el mundo entero ha ido descartando por su irrelevancia e, incluso, por su probada inconveniencia. Seguir replicando un formato caduco, cuyos resultados negativos son predecibles y medibles, puede considerarse hoy como una forma de justificar la inacción frente a los desafíos ambientales que se agravan día a día en nuestro entorno.

Además de esto, los comerciantes reportan siempre caídas drásticas en sus ventas durante la jornada, afectando no solo a grandes almacenes, sino también a pequeños tenderos, restaurantes, talleres mecánicos y trabajadores independientes, como repartidores y mensajeros, quienes ven suspendida su fuente de ingresos sin que exista un plan de compensación o una alternativa viable para desempeñar su labor.

En muchos países ocurre que este tipo de restricciones puntuales genera un efecto de rebote que anula sus posibles beneficios ambientales, pues el día anterior a la jornada, y especialmente el día posterior, se produce un represamiento de actividades que duplica el tráfico y las emisiones de gases contaminantes, superando por mucho el ahorro logrado durante las horas de restricción, lo que vuelve la medida un ejercicio inútil desde el punto de vista ambiental, ya que no reduce la carga contaminante total, sino que simplemente la desplaza en el tiempo.

El argumento de que estas jornadas sirven como pedagogía ambiental también está revaluado y se comprueba porque no hay evidencia concluyente de que un día sin carro modifique las decisiones de transporte de los ciudadanos durante el resto del año, ni que fomente un cambio cultural hacia modos más sostenibles, sino que la jornada es simplemente un paréntesis sin efecto transformador. Los críticos más severos, entre los que se cuentan urbanistas y economistas del transporte, califican estas medidas como cosméticas, en tanto solo buscan proyectar una imagen de compromiso ecológico, en lugar de implementar reformas estructurales sobre las causas profundas de los problemas urbanos.

Prohibir el uso del carro por un día no limpia el ambiente, no construye ciclorrutas, no recupera el Sitme, no crea zonas peatonales seguras, no educa a los conductores, que es lo que sí puede lograrse con inversión sostenida en transporte público masivo, planes de gestión de tráfico inteligente o políticas de ordenamiento territorial que desincentiven el uso del automóvil.

Es necesario, entonces, que Bucaramanga se replantee seriamente la idea de adoptar modelos que el mundo entero ha ido descartando por su irrelevancia e, incluso, por su probada inconveniencia. Seguir replicando un formato caduco, cuyos resultados negativos son predecibles y medibles, puede considerarse hoy como una forma de justificar la inacción frente a los desafíos ambientales que se agravan día a día en nuestro entorno.

Los muy graves problemas de la contaminación y el tráfico que afrontamos hoy no se resuelven con gestos simbólicos, sino con políticas de Estado sostenidas en el tiempo. Los recursos que se destinan a la logística de estas jornadas estarían mucho mejor invertidos en estudios de movilidad, en la conversión a sistemas limpios en el transporte público, en programas masivos de arborización, entre otras tantas necesidades. La ciudad merece un debate sincero y soluciones basadas en evidencia, no en medidas anacrónicas que ya han mostrado su fracaso tanto en otras latitudes como en nuestras propias ciudades.

Publicado por: Editorial

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