Hablamos hoy de la marca literaria de Salman Rushdie, un escritor contemporáneo fascinante. En torno a su nombre gravitan su condena a muerte, emitida por el ayatolá Jomeini en 1989 tras la publicación de Los versos satánicos (1988), y el atentado de 2022 en Nueva York. Entre ambos episodios se extiende un periplo de zozobra y extraordinaria producción literaria.
Pero, en el epicentro, casi oculta por esos acontecimientos, permanece su portentosa obra: un narrador exquisito y erudito, capaz de convertir la realidad en un universo de ficciones que se multiplican en significados. Innumerables matices en sus personajes, porque en Rushdie nadie es uno solo, sino miles. Toques de Cervantes, pero también de Borges y Lezama Lima.
Y ¿por qué hoy Rushdie? Cuando algún extranjero pregunta qué celebramos el 20 de julio, termino explicando, con simplificación maliciosa, que todo se trata de un florero por el que discutieron criollos y españoles y que desencadenó una gesta memorable. Algo parecido ocurre estos días con Argentina en el Mundial: alrededor de un balón en los pies de unos jugadores encabezados por un genio, empiezan a proliferar interpretaciones sobre el carácter nacional, la voluntad colectiva, la épica y hasta la providencia. En ambos casos, un hecho concreto termina convertido en mucho más que sí mismo: la explosión de significados, el truco favorito de Rushdie.
Rushdie es barroco en el mejor sentido estético de la palabra. Cada hecho puede contener dimensiones históricas, míticas, religiosas, psicológicas y de humor negro sin perder claridad. Su maestría consiste en conectar un acontecimiento sencillo con múltiples esferas: el islam, la partición de la India, el amor o las innumerables personas que conviven dentro de un mismo personaje. Su literatura funciona como un caleidoscopio a través del cual un solo acontecimiento queda cubierto de hendijas que van hacia universos paralelos.
En Los versos satánicos lo real y lo imaginario conviven en planos psicológicos, históricos y oníricos. En Quijote (2019), un visitador médico obsesionado con las telenovelas indias emprende una aventura caballeresca bollywoodiana (acronimia de Hollywood y Bombay) y se convierte en el ‘dealer’ de su Dulcinea: una actriz drogadicta. Y en La penúltima hora (2026), la memoria y la vejez revelan, en cinco relatos, que la identidad humana nunca es una sola.
Vivimos, sin embargo, aferrados a una única versión de la realidad. Convencidos de que es mejor parecernos que distinguirnos. Quizás sea solamente el contacto con mundos fantásticos, poblados por personajes cambiantes y perspectivas múltiples, lo que pueda devolvernos la lucidez para comprender que también, cotidianamente, cada uno es muchos, diferentes y cambiantes, como cada nube o las emociones, que se transforman de un instante a otro. Recomiendo vigorosamente La penúltima hora, recién publicada.












