Quienes escribimos columnas somos muy sensibles a la coyuntura. La opinión —y es mi humilde opinión— despoja al escritor de la posibilidad de profundizar en los temas. Saltamos de asunto en asunto, aunque solemos tener apenas cuatro o cinco obsesiones persistentes; el resto es reescritura y nuevas perspectivas.
Por eso esta columna es futbolera. Ya tenía escrita otra, una que se había dejado contagiar por el ambiente de quienes preparaban el partido del sábado frente a Argentina. Tuve que borrarla. Cayó víctima de la misma estirpe de colombianos que nos declaraba campeones del mundo en 1994, curiosamente el Mundial en el que el único partido que ganamos fue contra Suiza.
Treinta y dos años después, Suiza volvió a cruzarse en nuestra historia. Esta vez, no para irse derrotada, sino para bajarnos del Mundial desde el punto penal. A esta especie de optimistas desbocados, incapaces de vivir partido a partido y expertos en echarnos la sal, vamos a etiquetarlos como Kiricochos.
El nombre no es un capricho, designa precisamente eso: al hincha que quiere tanto a su equipo que termina haciéndole daño. La tradición nació en La Plata, hacia finales de la dictadura argentina. Bilardo, técnico de Estudiantes, notó que cada vez que Juan Carlos Revagliatti, un hincha fiel del equipo, iba a los entrenamientos y se acercaba a algún jugador, este terminaba lesionado.
Como la cábala parecía poderosa, decidieron ponerla a su favor. Enviaban a don Kiricocho a recibir a los rivales cuando se bajaban del bus. Ese año Estudiantes no solo fue campeón, perdió un solo partido, contra Boca, precisamente en el que Kiricocho no pudo darles la bienvenida.
La Selección tuvo miles de Kiricochos subidos al bus antes de tiempo. Para ellos, Suiza era apenas un trámite; antes de disputar los octavos ya estaban instalados en cuartos. Es el compatriota que alcanzó a decir: “Nos tocó con Argentina”, después de la eliminación de Egipto.
Culpa no es soñar —esto hace parte del fútbol—; culpa es convertir el deseo en pronóstico. La mufa nacional se revela de muchas formas, pero casi siempre empieza ahí, cuando dejamos de jugar el partido que tenemos enfrente y empezamos a celebrar el siguiente.
Tal vez por eso el fútbol se parece tanto al país. Nos cuesta esperar, nos cuesta medirnos, nos cuesta entender que no todo impulso patriótico es predestinación. A veces la fe empuja; otras veces empuja tanto que termina tirando todo al barranco.
Por ahora, entonces, conviene aprender la lección. Menos superioridad, menos cálculo de semifinales, menos “ya ganamos”. Todo esto nos echa la sal: ave del mal agüero, la pava. No existe victoria antes del pitazo inicial y menos del pitazo final. La previa es para gozarla, no para reclamar una victoria que siempre se escapa.












