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Viernes 03 de julio de 2026 - 01:00 AM

El microscópico jefe

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El microgerente no dirige, sobrevuela. Es ese vigilante con corbata que aparece cuando usted apenas ha abierto el documento y ya pregunta: “¿Cómo vamos?”. No “cómo va el proyecto”, sino “cómo vamos”, ese plural de quien no hizo la tarea, espera resultados y respira en la nuca.

Su herramienta favorita no es la estrategia, sino el zoom. Zoom al correo, zoom al Excel, zoom al mensaje, zoom al “te dejé unos comentarios”, que suelen ser 47 observaciones sobre una coma, un color y la osadía subversiva de haber escrito “martes” sin pedir autorización.

La caricatura sería divertida si no costara tanto. Gallup reportó en su informe global de 2026 que solo el 20 por ciento de los empleados del mundo estaba comprometido con su trabajo, y estimó que el bajo compromiso equivale a unos 10 billones de dólares en productividad perdida. También encontró que el compromiso de los gerentes cayó del 27 al 22 por ciento entre 2024 y 2025. Es decir, jefes agotados vigilando a empleados agotados para producir reportes que nadie leerá con entusiasmo.

La American Psychological Association (APA), en su encuesta Work in America 2023, encontró que el 42 por ciento de los trabajadores decía sentirse micromanaged. Traduzcámoslo con dolor criollo: micromanejado, microvigilado, microasfixiado, la pesadilla de Foucault. Y quienes se sienten así reportan más tensión y estrés durante la jornada. Qué sorpresa. Resulta que trabajar con alguien revisando cada respiración no inspira gratitud institucional.

Pero el microgerente insiste. Cree que la confianza es una falla de control interno. Confunde liderazgo con presencia invasiva. Si no revisa cada paso, sospecha que el equipo caerá en el libertinaje de pensar, decidir y resolver. Tres delitos gravísimos en organizaciones que dicen querer innovación, siempre y cuando llegue en plantilla aprobada, con copia al comité y asunto en mayúsculas.

Microsoft etiquetó este fenómeno como paranoia. En uno de sus estudios sobre trabajo híbrido, el 85 por ciento de los líderes dijo que le costaba confiar en el trabajo de la gente y en su productividad fuera de la oficina, mientras el 87 por ciento de los empleados aseguraba que sí lo era. Una cruel paradoja. Todos trabajando más para demostrar que trabajan, así, al infinito.

El microgerente debería aprender una herejía moderna. Controlar menos no es abandonar. Es dirigir mejor. La autonomía no es ociosidad. Es responsabilidad. Un equipo adulto y profesional no necesita un jefe pegado al hombro, sino claridad, contexto y decisiones a tiempo.

Si usted leyó esta columna y está en algo de acuerdo, pásela a sus compañeros de trabajo; seguro le llega a su jefe y quizá en algo cambie la cosa. Porque cuando un líder revisa cada ladrillo, nadie construye la casa. Todos esperan al ingeniero.

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