En la reciente visita de León XIV a España, el himno Alza la mirada invitó a salir del ensimismamiento y del pesimismo social que dominan nuestro tiempo. No estamos hechos para mirar al suelo ni para quedar presos de la tempestad. Esa invitación a la estabilidad y la esperanza cobra especial vigencia en Colombia, después de un gobierno y una campaña que dejaron heridas y desconfianza entre ciudadanos llamados a compartir la misma nación.
Decíamos en columnas anteriores que la política no es ajena a las emociones y que las democracias necesitan cultivarlas con responsabilidad. Cuando nos disponemos a iniciar una nueva etapa de nuestra vida democrática, conviene descartar el adanismo de los líderes y no entregarnos otra vez a la ilusión de un mesianismo capaz de resolver por sí solo los problemas que arrastramos como sociedad.
Es preciso acoger la manifestación del presidente electo, cuando afirma que gobernará para todos los colombianos, hayan votado o no por su opción, y también del anuncio del candidato que no obtuvo la mayoría de ejercer una oposición democrática y vigilante. Pero esas palabras solo tendrán valor si se traducen en conductas responsables. Las disputas agrias, las acusaciones recíprocas y los intentos de sembrar sospechas sobre el proceso electoral profundizaron la incredulidad en un país que necesita confianza para avanzar. La posición enhiesta de la Registraduría y el acompañamiento de la Procuraduría constituyeron un aporte institucional decisivo para despejar los nubarrones que se cernían sobre el país.
La democracia se construye entre todos. El gobernante debe desprenderse de sus egos, apartarse de la tentación de reescribir la historia o presentarse como fundador de una nueva nación. Su tarea consiste en convocar los mejores recursos del país para recuperar la credibilidad de las instituciones y estimular la inversión productiva con el propósito superior de reducir desigualdades y abrir oportunidades reales sin discriminación. Esos, y no la estridencia de los discursos, deben ser los indicadores esenciales para medir la eficacia de un gobierno.
Alzar la mirada no significa desentenderse de la realidad, sino verla con mayor responsabilidad. Cuando 6,6 millones de compatriotas, según el Programa Mundial de Alimentos, enfrentan inseguridad alimentaria aguda, la discusión pública no puede agotarse en agravios o cálculos de poder. Más que polémicas alrededor de la cifra, se requiere acción frente a una realidad visible para todos.
Alzar la mirada es el mensaje que tiene que convocarnos. San Agustín advertía que no basta con quejarse de los malos tiempos, porque nosotros mismos somos el tiempo. Colombia no cambiará únicamente por una elección, sino por la calidad ética de quienes ejercen responsabilidades públicas y por la decisión ciudadana de no dejarse arrastrar por el resentimiento.












