La palabra. El poder de la palabra. La palabra creadora, constructora, transformadora y, para bien o para mal... destructora. La palabra que nomina cada entidad y otorga un lugar a las cosas en el universo. La palabra sanadora que repara vínculos, la palabra precisa que da sentido a lo disperso. En estos momentos de efervescencia, marcados por el ruido de tantas voces, vale la pena preguntar: ¿qué clase de mundo estamos creando con nuestras palabras? ¿Qué clase de sociedad, de familia, de comunidad?”
Antes de que el lenguaje se convirtiera en un truco de división, existió el silencio creador; un umbral de calma donde aún no habitaban la etiqueta, el protocolo, el estigma o la sentencia. En ese origen, antes de la palabra, se produjo el primer abrazo fundacional entre ella y él. En la desnudez del asombro, se escuchó el pulso compartido y se pronunció la onomatopeya sagrada de nuestra existencia: ‘Lub... tub’
En ese momento, antes de que el fuego tuviera identidad propia, antes de que el agua se diferenciara de la tierra y del aire; antes de que el hombre, en su afán de control, comenzara a nombrar todo para poseerlo, reinaba la sintonía armónica. Éramos un solo latido y tierra humedecida que, sin conceptos, movía al universo.

La necesidad de sobrevivir nos impuso nombres: ella fue mujer y él, hombre; el fuego fue fuego, la verdad fue distancia entre razones, pero patrimonio de todos. Sin advertirlo, se fracturó la unidad primaria, olvidando que, en el fondo de toda palabra, debería vibrar aún ritmo “lub-tub” que nos hizo humanos.
Hoy hemos permitido que el lenguaje se convierta en un instrumento de disección social. En esta polarización que nos consume, la palabra ha dejado de ser puente para volverse trinchera. La palabra levanta muros de mentiras, para alimentar miedos invisibles y para avivar pasiones que fragmentan lo que antes era uno solo.
Vivimos tiempos de irresponsabilidad lingüística. Nos acostumbramos a la ligereza del juicio: una falsedad, un estigma o una falacia pueden ser pronunciados en el breve espacio de un segundo, pues su tiempo de creación es apenas el aliento que dura la frase, pero el costo de ese descuido es devastador. Mientras la palabra destructora vuela sin esfuerzo, la labor de desmentir, de aclarar, de enseñar con paciencia o de orientar el pensamiento, requiere de un tratado extenso, de una voluntad fuerte y de un tiempo que, tristemente, nadie concede.
Estamos creando un mundo de palabras vacías, de verdades a medias, adjetivos asfixiantes y de discursos sin razón. Tal vez la verdadera rebeldía sea callar lo suficiente para volver a escuchar el pulso del otro. Porque si nuestra palabra no es capaz de honrar aquel ritmo primario, no estamos construyendo sociedad.











