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Jueves 09 de abril de 2026 - 01:00 AM

Los arrieros

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Pocos oficios tan sufridos, en nuestra historia, como el de arriero. No solo había que saber manejarse con las mulas de arria, sino cargar en las madrugadas y descargar en los atardeceres, dormir a la intemperie y afrontar con un poncho la fuerza de las lluvias y los soles caniculares. Ejemplo de este oficio es el contrato que firmó en mayo de 1776 un gobernador de Girón con dos grupos de arrieros. El primero cargaría en Girón sus mulas con tangos de tabacos y los entregaría en Belén de Cerinza al segundo grupo, integrado por arrieros vecinos de esa parroquia.

Como el alcalde de esta parroquia certificó que estos arrieros eran “hombres de todo abono y calidad en sus tratos y contratos”, el gobernador protocolizó un contrato con su apoderado para que condujeran por su cuenta y riesgo los tangos de tabacos que con otros arrieros les serían enviados hasta Belén de Cerinza, desde donde debían llevarlos a tres reales administraciones de tabacos: Tunja, Zipaquirá y Santafé. El poderdante y los arrieros garantizaron el cumplimiento de su obligación con sus bienes reunidos: 65 mulas de arria, 30 yeguas, dos casas de tapia pisada cubierta de tejas situada en Belén de Cerinza, 90 cabezas de ganado vacuno y cuatro estancias de tierra. Los fletes se les pagarían diferencialmente por cada carga que movieran de Belén de Cerinza a Tunja, Zipaquirá y Santafé.

Los dueños de las arrias de mulas también estaban obligados a contribuir para el reparo de los caminos de herradura, como lo ilustró en 1807 don Adriano Salas, un alcalde del partido del valle del río Sogamoso. Este eficiente funcionario se propuso mantener el camino que unía a Girón con este valle en buenas condiciones, y para ello exigió a los dueños de arrias de mulas de Girón, Bucaramanga y Pie de la Cuesta alguna contribución para el efecto. Fue entonces cuando 18 beneméritos dueños de arrias de Piedecuesta contribuyeron a esta colecta, todos precedidos por el tratamiento de Don, miembros de las familias Mantilla, Sorzano, Calderón, Arenas y Serrano. Como siempre sucede en el género humano, sus descendientes los han olvidado.

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