Te fuiste y, como me dejaste tan pensativo, qué frágil es la vida.
Nos levantamos cada mañana convencidos de que habrá un mañana. Hacemos planes para la próxima semana, para las próximas vacaciones, para cuando tengamos más tiempo, más dinero o menos preocupaciones. Vivimos instalados en la ilusión de que la vida nos debe otro día.
Pero no es así. La vida no promete nada.

Hay personas con las que hablamos hoy sin imaginar que esa será la última conversación. Hay abrazos que damos sin saber que son despedidas. Hay mensajes que dejamos para después, llamadas que aplazamos y palabras que guardamos porque creemos que tendremos otra oportunidad.
Y a veces esa oportunidad nunca llega.
La muerte de un amigo no solo duele por su ausencia. Duele porque nos enfrenta a todas las cosas que damos por sentadas. Nos recuerda que cada persona que amamos es, en realidad, un préstamo. Que nuestros padres no estarán aquí para siempre. Que nuestros hijos crecerán más rápido de lo que creemos.
La muerte tiene esa capacidad brutal de poner las prioridades en orden.
De repente dejan de importar muchas discusiones. Dejan de importar los egos, los orgullos y las razones que tanto defendíamos. Lo urgente se vuelve insignificante y lo verdaderamente importante aparece frente a nosotros con una claridad dolorosa.
Entonces uno entiende que la vida nunca fue la reunión que teníamos pendiente, ni el negocio que queríamos cerrar, ni la meta que perseguíamos.
La vida era esa llamada que no hicimos.
Era ese abrazo que dejamos para después.
Era ese “te quiero” que pensamos que la otra persona ya sabía.
Era esa visita que seguimos aplazando.
Como si nuestros padres fueran eternos. Como si nuestros hijos fueran eternos. Como si nuestros amigos fueran eternos. Como si nosotros mismos fuéramos eternos.
Y no, no lo somos.
Algún día alguien verá nuestras fotos y recordará nuestra voz. Algún día alguien hablará de nosotros en pasado. Algún día también llegará nuestro turno.
No escribo estas líneas para hablar de la muerte.
Las escribo para hablar de la vida.
Para recordarte que, si hay alguien a quien amas, lo llames hoy.
No mañana.
Hoy.
Que, si hay alguien a quien extrañas, le escribas.
Que, si tus padres aún están vivos, los abraces un poco más fuerte.
Que, si tus hijos están en casa, dejes el teléfono a un lado y les regales tu tiempo.
Porque llegará un día en que daríamos cualquier cosa por cinco minutos más con alguien que ya no está.
Y cuando ese día llegue, entenderemos que el tiempo fue siempre el regalo más valioso que teníamos.
No sigas aplazando la vida.
Porque la tragedia más grande no es morir.
La tragedia más grande es descubrir, cuando ya es demasiado tarde, que olvidamos vivir.
Bienvenidos a la clínica del alma.











