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Columnistas
Sábado 14 de marzo de 2026 - 01:00 AM

Paranoia o verdad

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En conversaciones con amigos navegamos entre la seriedad de Reuters, AFP y otras fuentes de noticias y los rumores de ‘influencers’ en redes sociales. Del timbo al tambo encallamos en las arenas de teorías “conspirativas” que atribuyen la bochornosa realidad a la acción oculta de grupos poderosos (el alunizaje fingido, la pandemia y la vacuna como mecanismo de control). La paranoia conspirativa hace trabajo paliativo para ordenar el caos informativo: identifica culpables y canaliza la natural desconfianza hacia el poder. Todo encaja si se mira desde la sospecha; pero mejor ni tan bobos, ni tan vivos.

En el programa estadounidense del periodista Piers Morgan estuvieron invitados en febrero el abogado Alan Dershowitz —antiguo defensor de Jeffrey Epstein— y el humorista egipcio Bassem Youssef. La conversación entró en una arista del caso Epstein: los supuestos vínculos del abusador sexual con el Mossad, el servicio secreto israelí. La hipótesis pretende explicar la predilección de Epstein por rodearse de personajes del poder financiero y político y comprometerlos con fotos, correspondencia y agendas en su red de explotación sexual de menores. El relato se arma a partir de hechos ciertos —viajes, fotografías y cartas— que luego sirven para deducir hechos inciertos o no directamente probados. A eso, técnica valorativa mediante, los abogados lo llaman “indicios”. Todos nos preguntamos: ¿por qué se tomaban tantas fotos si iban a abusar de menores?

Dershowitz, sin embargo, aportó una frase que desató la tragicomedia. Dijo que Epstein “jamás hubiese pisado la cárcel de haberme dicho que trabajaba para el Mossad… habría sido tan simple como hablar con las personas adecuadas, incluso con el presidente de Estados Unidos, y obtener un acuerdo que no implicara cárcel”. No hundió a su antiguo cliente, pero dejó flotando una insinuación de impunidad geopolítica que el cómico Youssef explotó con alegría macabra.

Tejió coincidencias: Ghislaine Maxwell, cómplice central en la red de trata, es hija de Robert Maxwell, empresario señalado por varios periodistas y biógrafos como colaborador del Mossad. A partir de ahí, Youssef fue encadenando hechos como en un tablero policial con hilos rojos. El remate fue brillante. Youssef concluyó que, tras semejante acumulación de coincidencias, quedaba claro que Epstein era… un agente ruso. La carcajada fue brutal, una sátira perfecta del negacionismo; o prueba quizás de la posibilidad de construir certezas a partir de indicios.

En esta época de realidades alteradas, las verdades deducidas por indicios pueden ser peligrosas. Pero cuesta creer que algo que muge como vaca, tiene manchas como vaca y da leche como vaca… resulte ser un pato. Quizás esa tensión —entre la sospecha y la ingenuidad— sea el lugar incómodo pero necesario para intentar entender el poder. Y sus sombras.

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