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Martes 13 de mayo de 2025 - 12:20 AM

El muro de “las cuchas”

¿Está bien pintar las paredes si el mensaje incomoda? ¿O solo está bien cuando el mensaje nos gusta? ¿Quién decide qué es legítimo en el arte callejero y qué no lo es?

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La cartelera había sido instalada en el muro del primer piso, junto al taller de litografía; corría el año de 1.981. Éramos estudiantes de cuarto año en el colegio Salesiano. No había periódico, pero si cosas por compartir y por decir.

El muro se convirtió en un punto de encuentro. De pie frente a la cartelera, en los recreos, nos topábamos en bulto sin importar la edad o el grado escolar. Al inicio, eran noticias deportivas y académicas; un día cualquiera me animé a colgar una fotocopia sobre los presos políticos y entonces… fue ¡Troya¡.

El profesor Lucas Céspedes no había terminado su clase de español, cuando el Padre Martí Pongutá llego al salón; todos, en silencio, pensamos que el muro caería, que la cartelera no iría más y que era el final de nuestro improvisado y emergente periódico estudiantil.

Más que un “jalón de orejas”, el Padre Pongutá nos dio una lección de democracia: el muro seguiría en pie, y con él, un derecho inalienable, el de la libre expresión. El miedo de un joven de 15 años no me dejó levantar la mano y hacer unas cuantas preguntas. Casi 50 años después, frente a un muro público y una consigna política denominada “las cuchas tienen razón”, nos parece útil incorporar al debate las siguientes preguntas:

¿Qué dice un mural cuando aparece? ¿Y qué dice la ciudad cuando lo borra? ¿Es un símbolo de rebeldía, o una simple intervención fuera de lugar?

¿Será arte o propaganda? ¿Expresión ciudadana o provocación política? ¿Por qué algunas personas lo defienden con pasión, mientras otras lo ven como una invasión del espacio público? ¿Qué parte de la ciudad se siente representada en ese mural, y qué parte no?

¿Está bien pintar las paredes si el mensaje incomoda? ¿O solo está bien cuando el mensaje nos gusta? ¿Quién decide qué es legítimo en el arte callejero y qué no lo es? ¿Es censura borrar un mural, o es simplemente ejercer el derecho a disentir desde otra brocha?

¿Puede el arte urbano ser realmente de todos si no todos se sienten incluidos? ¿Y qué pasa cuando una obra insiste en volver, aun después de ser borrada? ¿La repetición la hace más poderosa, o más terca?

¿Se vale preguntarse si el mensaje envejece igual que sus protagonistas? ¿O si, por el contrario, la edad les da una autoridad que no queremos reconocer?

¿Y si el debate sobre el mural dijera más sobre nosotros que el mural mismo?

¿Podemos, por un momento, dejar de borrar o repintar, y simplemente mirar, escuchar, pensar?

Estimado lector, recuerde que quien pregunta no se equivoca.

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