Publicado por: Editorial
La decisión que se anuncia sobre los árboles de la carrera 21, en el tramo comprendido entre la calle 55 y la avenida Quebradaseca, nos pone frente a una conducta en la que hemos recaído y que claramente nos ha perjudicado, en esta como en las demás ciudades del área metropolitana, y es la de priorizar el asfalto sobre el medio ambiente. Esa ha sido la forma en que, una y otra vez, desde hace décadas, Bucaramanga ha intentado resolver sus problemas de movilidad a costa de su arborización, sin medir e incluso sin reconocer el costo colectivo de esa elección.
La Alcaldía ha señalado que la tala comenzaría entre finales de octubre y comienzos de noviembre, tras el desmonte de la ciclorruta, y que existe una compensación ambiental, sobre la que cabe preguntarse si logra resarcir el perjuicio que se causa necesariamente en el lugar donde hoy hay sombra, refugio y regulación de temperatura. La CDMB aún evalúa si los ejemplares se cortan o se trasladan, lo que llevará a una decisión que debe hacerse pública, con criterios técnicos verificables y con participación ciudadana.
En cualquier caso, es importante considerar que el censo arbóreo realizado entre 2022 y 2023 registró 71.405 árboles en la ciudad, lo que está prácticamente tres veces por debajo del promedio ideal de un árbol por cada tres habitantes, que significa que Bucaramanga debería superar los 200.000 ejemplares. Pero la situación se ve peor al saber que más del 87 % del escaso arbolado urbano actual tiene problemas como plagas, ramas quebradas o raíces afectadas.
¿Y cómo superaremos este déficit si seguimos talando y sembrando después en lugares distantes? Desde 2018 se reconoció que lo coherente sería sembrar los árboles de reposición en la misma zona de las obras, pero que con frecuencia el terreno o el espacio disponible no lo permiten. Un balance de ese año indicó que por megaobras viales se habían talado 1.606 árboles y se debían sembrar 27.000 en compensación. Ese antecedente obliga a preguntar cuántos árboles se intervendrán ahora, cuántos se repondrán, dónde y quién verificará el cumplimiento.
El efecto, científicamente comprobado, de la isla de calor urbana explica por qué este asunto concierne a toda la meseta y no solo a quienes, en este caso, viven o transitan por la carrera 21. Cada superficie asfaltada que reemplaza cobertura vegetal reduce la sombra, disminuye la evapotranspiración y aumenta la acumulación de calor durante el día, que luego se libera lentamente, con un efecto que se acumula para toda la ciudad. Por eso, el árbol que se retira de una avenida no solo deja sin sombra a los vecinos, sino que contribuye al aumento de temperatura en el conjunto urbano. Un ejemplar sembrado a varios kilómetros no restituye el servicio ambiental perdido en el sitio de la tala.
Los gobiernos y la comunidad deben entender que el medio ambiente es uno solo, que nos envuelve a todos, nos afecta a todos y, por lo tanto, nos debe importar a todos. No se puede seguir tratando el arbolado como un obstáculo para las obras públicas ni la compensación como un asunto exclusivamente burocrático. La ciudad necesita una política de arbolado urbano que piense en el futuro, priorice la conservación, el trasplante técnico cuando sea viable, el mantenimiento fitosanitario y la siembra en el mismo lugar de las intervenciones.












