En América Latina las cosas pintan oscuras, incluyendo ahora a Brasil, la gran bisagra. Lo que pasa en Brasil nos pasa a todos, porque es nuestro punto de ancla como bloque regional de Suramérica. América Latina ahora se inclina al autoritarismo punitivo, la lógica personalista, militarista y represiva, al conservadurismo religioso y sexual y a la supresión de opositores (Bukele, Noboa, Kast, Milei). La región tenía décadas sin lanzarse a los extremos (salvo Venezuela).
Ni AMLO ni Sheinbaum, ni Correa, ni Bachelet o Boric, ni Mujica, ni los Kirchner, ni Lula fueron amenazas comunistas; funestos o exitosos, fueron sí gobernantes dentro del capitalismo. Tampoco Uribe, ni Fox o Calderón, ni Piñera, implantaron modelos propiamente fascistas o dictatoriales. Todos, desde las moderadas izquierda y derecha, se salpicaron de corrupción, sí, y todos tuvieron tendencias populistas y autoritarias, también, en tonalidades poco o muy subidas. Veníamos así; lo nuevo es el populismo electoral con inmensa carga de derecha extrema.
Colombia es un caso especial. Estamos recién estrenando desde 2022 dos vaivenes pendulares entre una supuesta izquierda (Petro) y una anunciada derecha (DLE). Desde los años 70 del siglo XX saltamos entre gobiernos al fin y al cabo de centro, siempre afrontando el desmadre del orden público por la insurgencia y la narcoguerra. Gobernantes, todos hasta el 2022, más bien desteñidos de ideología; unos más intervencionistas y preocupados por la reducción de las desigualdades, y otros más fieles a las leyes del mercado e inclinados a imponer la autoridad y las tradiciones (religiosas, principalmente); nada radical. No tuvimos en ese periodo dictaduras como las del resto del continente, ni revoluciones que instauraran regímenes socialistas o comunistas.

Lo de Brasil en esta elección nos deja en un punto de inflexión. Brasil pronto será el mayor exportador de productos agrícolas del mundo y su monumental riqueza en agua, tierras raras, hidrocarburos y minerales lo ubica entre las diez mayores economías del mundo. Brasil exporta a China más que a Estados Unidos y Europa juntos. A Washington le vienen interesando los Bolsonaro, su mejor opción para desalinear de China al gigante sudamericano.
Flávio Bolsonaro sabe eso y propone la fórmula populista de moda: la identidad cristiana-evangélica (populista en cuanto identifica a los verdaderos brasileños con una colectividad religiosa y presenta a los otros como amenaza moral), más la demagogia punitiva (castigo, prisiones, etc., sin verdadera estrategia criminológica) y el señalamiento del PT (el partido de Lula) como el enemigo interno de todos. Es el neopopulismo que serviría para una victoria electoral que crearía dependencia comercial, política y electoral con Washington, un peligro para la soberanía de América Latina, cuya posibilidad de progreso depende de un comercio multilateral y diversificado.











