Hay noticias que estremecen, que uno jamás quisiera leer; te obligan a mirar de frente a una realidad atroz: la violencia también está presente en los hogares, los vínculos y los lugares donde suponemos que alguien está protegido.
La muerte de Mía Kathaleya, una bebé de apenas seis meses en El Espinal, Tolima, luego de ser ingresada a un hospital con graves lesiones y presuntos signos de violencia sexual, impactó al país. Las investigaciones buscan establecer responsabilidades y circunstancias que rodearon su muerte.
Casi al mismo tiempo, ocurre el asesinato de María Camila Potesí y su bebé de ocho meses, un hecho de violencia contra mamá e hijo. Sentimos rabia, rechazo, tristeza, incredulidad. Nos preguntamos cómo alguien puede hacer algo así. Demandamos justicia. Pedimos castigo. Y tenemos razón.
Pero quizá hay una pregunta todavía más incómoda: ¿qué nos está pasando como sociedad? Porque estos no son únicamente casos judiciales, sino señales de una dificultad profunda para relacionarnos con el otro sin ejercer dominio o violencia.
Nos hablan de hogares donde alguien no pudo, o no quiso, proteger al más vulnerable, de relaciones en las que el poder terminó reemplazando al cuidado, de silencios que, en ocasiones, llegan demasiado tarde a convertirse en palabras.
Aquí aparece una responsabilidad que va más allá de la Policía, la Fiscalía o los organismos de protección: a nosotros como familias, escuelas, vecinos o amigos también nos corresponde.

Necesitamos aprender a reconocer las señales antes de que el daño sea irreversible; a preguntar sin invadir; escuchar sin juzgar; no normalizar los celos, el control, las amenazas, los gritos o la humillación como expresiones de amor o de autoridad. Es imperativo enseñarles a nuestros niños que nadie tiene derecho a lastimarlos y que pedir ayuda no es una traición.
Y algo más: nos urge dejar de convertir estos casos en simples acontecimientos que consumimos por un par de días. Podemos indignarnos, pero no basta. Una sociedad no cambia solamente cuando castiga al culpable; se transforma cuando aprende a prevenir el próximo daño.
Más allá de preguntarnos qué monstruo pudo hacer algo semejante, cuestionemos qué estamos haciendo nosotros para construir una sociedad en la que un niño, una mujer o cualquier persona vulnerable encuentre, antes que silencio, indiferencia o miedo, una red capaz de protegerla.
El verdadero desafío no radica en indignarnos ante el horror, sino evitar normalizarlo.











