Ser un escritor como el García Márquez de El otoño del patriarca es poseer el extraño privilegio de ser, al mismo tiempo, poeta y profeta. Sus novelas no solo narran un mundo: lo anticipan. Por eso, al leer hoy las páginas dedicadas al patriarca, uno tiene la sensación de que el Nobel colombiano comprendió como pocos la naturaleza del poder. Entendió que, después de tantos años de mando, muchos gobernantes ya no viven: sobreviven. Que la “incapacidad para el amor” termina compensándose con “el vicio solitario del poder», un «vicio sin término” que hace creer a todo poderoso —”mi general, mi presidente, mi expresidente, mi jefe”— que el mundo entero existe únicamente para obedecerlo y adularlo.
En uno de los pasajes más memorables de la obra, no en vano, decía: “Había sabido desde sus orígenes que lo engañaban para complacerlo, que le cobraban por adularlo, que reclutaban por la fuerza de las armas a las muchedumbres concentradas a su paso con gritos de júbilo y letreros venales de vida eterna al magnífico que es más antiguo que su edad, pero aprendió a vivir con esas y con todas las miserias de la gloria a medida que descubría, en el transcurso de sus años incontables, que la mentira es más cómoda que la duda, más útil que el amor, más perdurable que la verdad…”.
Difícil encontrar una descripción más certera del destino de quienes convierten el poder en una adicción. Ningún poder es eterno. Lo aprendieron los emperadores romanos; lo comprendieron los papas que se creyeron dueños de la historia; lo padecieron Nabucodonosor y el sabio Salomón; lo confirmaron Franco, Pinochet, Perón, Somoza y los Castro, y lo comprobarán, tarde o temprano, todos aquellos gobernantes que terminan confundiendo el Estado con su propia voluntad.
La historia cambia los nombres, pero no el desenlace. Siempre llega el otoño. Siempre aparecen las hojas amarillas. Siempre llega el momento en que el gobernante descubre que nunca fue dueño absoluto de aquello que creyó poseer. El poder, cuando deja de entenderse como un servicio y comienza a confundirse con la propia identidad, termina aislando a quien lo ejerce hasta convertirlo en prisionero de su propia grandeza imaginaria. Solo le quedan, entonces, las hilachas del poder, a las que se aferra con desesperación mientras el tiempo sigue su curso.
Y también los conocemos en este país. Los hay que no consiguen desprenderse del vicio de mandar. Unos lo hacen desde el Gobierno; otros desde la oposición; algunos, incluso, desde el retiro. Todos comparten la misma ilusión: creen que las hilachas del poder les pertenecen. Pero, como advirtió García Márquez, el poder nunca es de nadie. Apenas es un préstamo del tiempo, y el tiempo siempre termina por cobrarlo: “mi general, mi presidente, mi expresidente”.












