Vivimos en una época obsesionada con el control. Queremos controlar el futuro, las emociones, los resultados, las relaciones, el cuerpo, el tiempo y hasta la manera en que los demás deberían comportarse.
Creemos, equivocadamente, que entre más controlemos, más seguros estaremos.
Pero en mi práctica como psiquiatra he visto una paradoja dolorosa: muchas personas no sufren por falta de control, sino precisamente por exceso de este.

Quieren anticiparlo todo. Preverlo todo. Corregirlo todo. Evitar cualquier error, cualquier pérdida, cualquier decepción. Y, sin darse cuenta, convierten su mente en un estado permanente de vigilancia.
La ansiedad, en el fondo, muchas veces no es otra cosa que una guerra contra la incertidumbre.
Como deportista de alto rendimiento he aprendido una lección similar. En el tiro deportivo existe una verdad incómoda: cuando intentas controlar conscientemente cada detalle técnico del disparo, el rendimiento empeora. El exceso de control interfiere con la fluidez.
Lo que fue entrenado debe ejecutarse con confianza. La vida funciona de manera parecida.
No podemos controlar completamente a nuestros hijos, a nuestra pareja, a nuestros pacientes, a nuestros alumnos, a nuestros negocios ni a nuestro cuerpo. Mucho menos podemos controlar el tiempo o el futuro.
Y, sin embargo, pasamos gran parte de nuestra energía intentando domesticar lo indomable. Controlar puede dar una ilusión momentánea de seguridad, pero rara vez produce paz.
La paz aparece cuando desarrollamos algo más difícil: la capacidad de tolerar la incertidumbre sin desmoronarnos.
Madurar no consiste en tener todo bajo control.
Consiste en aprender a permanecer serenos aun cuando no lo estemos.
Tal vez una de las formas más profundas de salud mental sea esta: saber distinguir entre lo que debemos dirigir… y aquello que necesitamos soltar.
Durante muchos años fui una persona profundamente controladora.
Necesitaba tener respuestas, anticiparme a los problemas, prever escenarios y, de alguna manera, sentir que si lograba controlar suficientemente bien las variables de mi vida, nada malo podría ocurrir.
En el fondo, confundía control con seguridad. Creía que controlar me protegía del dolor, del fracaso y de la incertidumbre.
Hasta que la vida, con una dureza que todavía me cuesta poner en palabras, me dio un golpe que me obligó a entender algo que nunca había querido aceptar: no todo depende de nosotros.
Hay momentos que rompen nuestras estructuras mentales. Situaciones tan duras que derrumban la ilusión de poder que habíamos construido durante años.
Eso fue lo que me ocurrió.
A las malas entendí que, por más disciplina, preparación, inteligencia o esfuerzo que uno tenga, existen batallas que simplemente no se pueden controlar.
Porque hay batallas que se ganan con disciplina. Pero también hay batallas que solo se ganan soltando.
Bienvenidos a la clínica del alma.











