Publicada el 15 de mayo de 2026, la primera encíclica del papa León XIV nos llega a los colombianos como caída del cielo. Tras una jornada electoral marcada por profundas divisiones, el domingo 21 de junio conocimos los resultados de la segunda vuelta: Abelardo de la Espriella fue elegido presidente de Colombia con 12.959.542 votos.
Curiosamente, el nombre de su programa de gobierno, “La patria milagro”, resuena de forma casi providencial con la publicación de la carta encíclica “Magnifica Humanitas”, que trata sobre la custodia de la persona humana en el tiempo de la inteligencia artificial. Pero más allá de que la propuesta gubernamental incluya temas de IA, la coincidencia radica en la fuerza simbólica del “milagro” frente a un hito eclesiástico de tanta trascendencia.
En ese sentido, este momento nos exige asumir una responsabilidad compartida que refleje la participación histórica que se dio el domingo, donde votó casi el 64% de las personas habilitadas. Por tanto, se hace indispensable trazar un camino colectivo basado en la corresponsabilidad, en el que la oposición no se convierta en un factor de parálisis por el solo hecho de serlo.
Un fragmento de su introducción nos deja una lección fundamental para la coyuntura post-electoral: “…edificar un mundo en el que todos puedan “florecer” exige una corresponsabilidad valiente. Ninguna mano, por sí sola, basta para sostener el peso de los desafíos que atraviesa el mundo; y ninguna es tan débil como para no poder ofrecer su contribución… A cada uno corresponde su tramo de muralla: científicos e investigadores, empresarios y trabajadores, educadores y legisladores, sociedad civil, movimientos populares y comunidades de fe. Esta es la lógica de la subsidiariedad, que valora la cooperación entre generaciones, entre pueblos, entre disciplinas y culturas como el camino privilegiado para hacer crecer la estabilidad, la prosperidad y la paz. Las tensiones y las diferencias no deben intimidar; pueden convertirse en energías creativas cuando están orientadas por una responsabilidad compartida.
…edificar en el bien requiere un lenguaje evangélico. Evitemos las palabras que humillan o enfrentan. Optemos por la claridad que ilumina y la franqueza que abre caminos. No bendigamos entusiasmos ingenuos ni alimentemos miedos estériles. Más bien, indiquemos criterios de discernimiento… y traduzcámoslos en prácticas: planificación responsable, evaluaciones del impacto humano y social, inclusión de los más frágiles, alfabetización digital, investigación e industria orientadas a la justicia y la paz.”.
Este es, sin duda, un llamado urgente a moderar nuestras palabras y a dirigirnos al otro con afecto. Que las agresiones de campaña queden en el pasado. Edificar el bien es ahora el deber que nos convoca.











