Emanuel Swedenborg, aquel sabio sueco al que muchos compararon con un Leonardo da Vinci de su tiempo, sostenía que al cielo se llega por dos caminos inseparables: la inteligencia y la ética. Los necios no entraban, pero tampoco los malvados. En contraste, describía el infierno como un lugar donde no existía un monarca porque todos se odiaban y conspiraban permanentemente unos contra otros.
La imagen resulta inquietantemente familiar. Cuando el odio reemplaza a la razón y la ambición desplaza a la ética, las sociedades terminan atrapadas en una espiral de confrontación. Algo de eso hemos vivido en Colombia. Las bajas pasiones, la intolerancia y la incapacidad para aceptar al contradictor han cobrado la vida de grandes dirigentes nacionales: Antonio José de Sucre, Jorge Eliécer Gaitán, Luis Carlos Galán y Álvaro Gómez Hurtado, entre otros. Cada asesinato fue también una derrota de la inteligencia y de la ética pública.
Frente a esa oscuridad, la cultura universal ofrece otra lección. Dante nos enseñó que el amor es infinitamente superior a la política cuando convirtió su anhelo de reencontrarse con Beatriz en una de las obras más grandes de la humanidad. La Divina Comedia es, en el fondo, una victoria del amor y del arte sobre la muerte. Del mismo modo, Shahrazad, en Las mil y una noches, narra historias para aplazar su ejecución y salvar la vida. La palabra, la belleza y la imaginación aparecen así como fuerzas capaces de contener la destrucción.
La mala política opera en sentido contrario. No crea: destruye. No une: divide. No persuade: incita. Alimenta el odio, el rencor, la mentira y la descalificación del adversario. Cuando las pasiones más bajas dominan el debate público, la sociedad entera se degrada. Entonces aparecen las jaurías digitales y reales, los insultos sustituyen a los argumentos y la agresividad reemplaza a las propuestas.
Por eso, en medio de la actual contienda electoral, es indispensable que los candidatos y sus seguidores comprendan la enorme responsabilidad que tienen. Subir el tono de los ataques puede generar consecuencias que después nadie podrá controlar. Colombia ya conoce demasiado bien los costos de la violencia política como para volver a recorrer ese camino.
El diamante es la imagen de la “ética mineral”, pues resiste enormes presiones sin perder la pureza de su estructura. Esa debería ser también la conducta de una nación democrática: mantener la firmeza de sus principios aun en medio de las tensiones y los conflictos. La fortaleza moral vale más que la fuerza del insulto.

El debate electoral debe desarrollarse en el terreno de las ideas, los argumentos y las propuestas capaces de ofrecer salidas inteligentes a los problemas del país. Ningún proyecto político merece imponerse mediante el miedo, la intimidación o la aspiración autoritaria. La democracia exige ciudadanos capaces de escuchar y dirigentes capaces de convencer.
Hay demasiada rabia acumulada entre los colombianos. El desprecio mutuo solo profundiza las heridas. Ha llegado la hora de combatir la corrupción, fortalecer las instituciones y abrirle espacio a un cambio ético que permita construir desarrollo y convivencia. Colombia, tan castigada por múltiples violencias, necesita menos odio y más inteligencia; menos fanatismo y más ética.











