No han sido días fáciles de digerir luego del resultado de la primera vuelta de las presidenciales en Colombia, especialmente, luego de los violentos discursos que escuchamos el domingo anterior, en la noche, por parte de los dos candidatos que pasaron al balotaje del próximo 21 de junio. Lo que hubiese podido ser un mensaje esperanzador, a lo mejor un llamado a la ponderación, resultó ser una declaración abierta al enfrentamiento, a señalar con el dedo acusador, a exponer los adjetivos calificativos del rival por lo bajo, y en medio de ese torbellino de pasiones, a plantear desde cada campaña escenarios tan surrealistas como el de no reconocer el resultado de las elecciones por un supuesto fraude, sin pruebas, o a sugerir una cacería, así sea por la fuerza, de los ‘bandidos’ del espectro ideológico contrario.
Cualquier cosa que se diga, o que no, pasa desafortunadamente por el campo minado de las emociones en donde, el que piense tres grados en la dirección contraria, puede ser etiquetado como guerrillero, comunista, tibio, enmascarado, narcotraficante, mafioso, paramilitar, o a lo que haya que acudir, para colgarle de una vez la lápida. Como agravante, quedamos los millones de colombianos que no escogimos por alguna de las dos opciones extremistas, a los que nos meten en cada cuenta que, a tres semanas de la segunda vuelta, les permita sumar para asegurar la victoria, a uno u otro candidato, cuando el resultado del 31 de mayo dejó claro que, en política, las matemáticas no son exactas.
Han hecho bien Claudia López, Juan Daniel Oviedo y Sergio Fajardo al dejar en ‘libertad’ a sus votantes del brumoso centro, y a la vez, exigir que en lo que resta de campaña se pueda debatir, con argumentos, lo que cada aspirante a dirigir una nación de más de cincuenta millones de habitantes, con tantísimos desafíos por abordar como la salud, seguridad, educación, empleo, infraestructura, economía, relaciones internacionales, y la lista sigue, para caer en discusiones tan insulsas como establecer si el porte de la camiseta de la selección Colombia de fútbol nos hace más de izquierda o derecha, con pronunciamiento de juez y todo, mientras cientos de miles de expedientes se pudren en los tribunales.
O, meter en disputa a la hija del presidente Gustavo Petro, Antonella, con su juventud a flor de piel, disfrutando de un momento inolvidable al despedir a los ídolos del combinado colombiano, en especial, al zurdo James Rodríguez, igual que ella, en la ceremonia de entrega del pabellón nacional previo al desplazamiento al campeonato mundial. No podemos ser más ruines haber vuelto sujeto de controversia a una niña que, como otros miles, ama con inocencia a su país. Me niego a los extremos.












