El 14 de diciembre Colombia no perdió dieciséis jóvenes. Perdió dieciséis futuros.
Un bus. Una carretera. Un segundo. Un abismo.
Y la vida —esa que creemos firme, estable, garantizada— se quebró sin avisar. Como se quiebra todo lo que damos por sentado.
Hoy hay casas donde la Navidad no va a entrar. No porque no quieran, sino porque la muerte llegó primero y se sentó en la sala.
Hay familias que están escogiendo ataúdes cuando deberían estar escogiendo regalos, familias haciendo novena a difuntos cuando deberían estar haciendo novena de aguinaldos.
Madres que cambiarían cualquier promesa de Año Nuevo por ver una sonrisa más.
Padres intentando ser fuertes mientras por dentro se les derrumba la fe.
Y duele más porque es diciembre.
Porque diciembre nos exige “estar bien”, nos exige sonreír, celebrar, abrazar.
Pero el duelo no entiende de calendarios, y la tristeza o la muerte no piden permiso para aparecer en fechas especiales.
Este país hoy está de luto, porque cuando mueren jóvenes no mueren solos: mueren los planes, los sueños, las expectativas, las ilusiones, mueren padres por dentro.
Y aquí es donde entra Dios… o mejor, donde lo cuestionamos.
Porque cuando pasan tragedias así, muchos preguntan:
“¿Dónde estaba Dios?”
Y la pregunta es más que válida. Una muerte siempre duele, siempre quema por dentro y más cuando es de esa manera.
Pero quizá la pregunta no es dónde estaba Dios, sino dónde estábamos nosotros creyendo que éramos eternos. Creyendo que mañana estaba asegurado. Creyendo que siempre habría una llamada más, un abrazo más, un mensaje más, un después.
La Fe no es que nada malo pase.
La Fe es entender que incluso cuando todo se rompe, Dios no abandona. Acompaña. Llora con nosotros. Sostiene cuando ya no hay fuerzas. La Biblia no promete vidas largas; promete presencia en medio del dolor.
Jesús también lloró de dolor, también tuvo miedo.
Y eso debería decirnos algo: llorar no es falta de Fe. Llorar es amar.
Que esta tragedia no pase como una noticia más.
Que no se archive en la memoria corta de este país.
Que nos sacuda. Que nos despierte. Que nos vuelva más humanos.
Honremos esas vidas viviendo distinto: amando sin reservas, perdonando más rápido, dejando de aplazar lo importante, haciendo YA esa llamada.
Que esta Navidad no solo sean luces, regalos y pólvora.
Que sea una Navidad también para reconocer que somos frágiles… y que aún así, no estamos solos.
Hoy Colombia llora.
Y llorar también es una forma de orar.
Si esta Navidad te duele más, no estás roto. Estás vivo.
Y a esas familias: que Dios sea el abrazo que hoy nadie puede darles.
Bienvenidos a la clínica del alma.












