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Domingo 01 de junio de 2025 - 12:15 AM

Tierra de nadie

Esa cercanía con un parque se puede convertir en una pesadilla. Generalmente estos espacios quedan al servicio de la comunidad sin que nadie los administre.

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Vivir a menos de cincuenta metros de un parque es una bendición. Tener la posibilidad de admirar especies arbóreas, que además purifican el aire, disfrutar de la fauna, caminar por sus senderos, hacer ejercicio en el espacio dispuesto para ello e, incluso, dedicar momentos a la contemplación son, sin duda, privilegios que cada día reclamamos quienes habitamos en ciudades como Bucaramanga que endurecen cada centímetro cuadrado disponible con obras de cemento. Es el precio del progreso, dirán algunos.

Sin embargo esa cercanía se puede volver, fácilmente, en una pesadilla. Generalmente estos espacios quedan al servicio de la comunidad sin que exista un ser humano que los administre. Los más emblemáticos albergan esas pequeñas estaciones de policía, que conocemos coloquialmente como ‘cais’, lo que genera cierta sensación de que, muy cerca, está la autoridad, pero pensar en que en cada parque se instale uno de estos centros de atención inmediata, que es lo que traduce la sigla CAI, es una utopía.

Entonces queda como único recurso el sentido común el cual, lamentablemente, no resulta tal cual. Por ejemplo, tres parlantes funcionando al mismo tiempo, desde las seis de la mañana, sin que medie al menos algo de sensatez entre quienes orientan a los entusiastas ciudadanos, que a esa hora, se animan a quemar el exceso de calorías ganado el día anterior. Ya es de día, dirán otros.

O los torneos espontáneos de microfútbol que se extienden hasta las tres de la mañana -sí, no me equivoqué, ¡tres de la mañana!- con celebraciones a todo pulmón, aplausos de los asistentes, hurras y, como no, discusiones por jugadas dudosas. Y ahí no termina el asunto, porque los trasnochadores deportistas se quedan un rato más, luego de finalizar el juego, a comentar entre risas los hechos destacados de la jornada. Publiqué un trino en X, con una grabación en video de este caso que menciono, y un comentarista me sugirió que mejor me buscara un problema de verdad.

De pronto le puede servir que entonces, a las cuatro de la mañana, llegan los amigos de la rumba, a terminar la faena porque el tiempo no les alcanzó en la mal denominada ‘cuadra play’, en Cabecera, con los parlantes de sus automóviles a todo volumen y con algún problema de reproducción, porque no dejan al menos que las canciones finalicen, las cambian cada quince segundos.

¿Y la Policía? Bien, gracias. Como no hay riña de por medio o algún siniestro, pues nada, “ya le digo a la patrulla que pase”, contesta en medio del bostezo el agente de turno ¿y adivine? Nunca pasan. Le escuché, hace dos días, la mejor interpretación al profesor Gonzalo Ordoñez: mientras no eduquemos en la norma seguiremos siendo unos salvajes.

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