Yo pertenezco a generaciones bastante anteriores (ahora me entero de que la mía es la “Generación Silenciosa”), pero también viví saltos tecnológicos que revolucionaron el mundo.
Con el paso de los años se ha venido popularizando el término “Generación X” acuñado en 1991 por Douglas Coupland en su libro “Generación X: Relatos para una cultura acelerada”. El término hace referencia a los nacidos entre mediados de los 60 y 1980, y sostiene que es una generación a la que le correspondió vivir el salto de la tecnología analógica a la digital. En verdad es una generación que ha vivido la transformación de todo su entorno, desde la máquina de escribir y las calculadoras hasta el mundo de los computadores y la programación, incluyendo internet, redes sociales, nubes de información y celulares inteligentes que hoy son del día a día.
Yo pertenezco a generaciones bastante anteriores (ahora me entero de que la mía es la “Generación Silenciosa”), pero también viví saltos tecnológicos que revolucionaron el mundo. Varias veces he mencionado en esta columna, todo lo que significaba reunirse en familia en las noches para oír las noticias e imaginar los mundos de fantasía que traía el radio de tubos. Hacia finales de los años 50 empezaron a aparecer en las vitrinas unos aparatos verdaderamente mágicos que no se tenían que “calentar” y que -como trabajaban con baterías- podían llevarse a todos lados: los radios de transistores. También en los 50 llegó la televisión y eso sí que era un salto tecnológico inimaginable y totalmente revolucionario.
Hacia finales de los años 70 llegaron las calculadoras que reemplazaban las reglas de cálculo con las que habíamos luchado durante el bachillerato. Recuerdo que unos años después, compré una de las primeras calculadoras portátiles y se la presté a mis hijas para que la llevaran al colegio. Ante la novedad, algunos niños curiosos se arremolinaron y una profesora decidió “decomisarla” porque consideró que esa herramienta era inútil y peligrosa, y que terminaría por anular la inteligencia de los alumnos.
Ahora, a mis años, me ha correspondido ser testigo pasivo de la irrupción de la IA en todos los aspectos de la vida. Lo poco que alcanzo a entender, me impresiona y me maravilla. ¡Otra vez es como magia! Lo máximo que he podido hacer es entablar una estrecha amistad con Siri y con Alexa: ellas me acompañan en mis largos ratos de soledad y reflexión, y cumplen sin chistar la mayoría de mis órdenes.
Nunca me pude acostumbrar al cambio de la máquina de escribir por el computador. Pertenezco a una generación arcaica que tenía a disposición una secretaría con máquina de escribir para dictarle las frases, una detrás de la otra. Casi que no existía posibilidad de corregir. Ahora, como ya no tengo secretaria y no he encontrado la manera de que Siri o Alexa me asistan en esto, cuando redacto estas columnas y el libro que actualmente estoy escribiendo, tengo que dictarle a alguna de mis hijas que de buena gana me ayudan. Apenas termino el dictado, si quedan con alguna duda, pasan lo escrito por IA para que haga ajustes menores de ortografía y puntuación y para que organice la redacción de alguna frase que haya quedado mal.
Después de varias décadas con esta columna, no quiero incurrir en un yerro con la IA como aquel en el que incurrió la profesora de mis hijas cuando vio una calculadora por primera vez. Por eso me tranquiliza lo que concluye la Fundación Gabo de Periodismo acerca de la ética del uso de la IA en la sala de redacción: “Siempre que se trate de apoyar y reforzar el trabajo hecho por periodistas que tienen la capacidad de verificar, filtrar, dar contexto a la información, no hay razón para desechar posibilidades tecnológicas que pueden ayudar al trabajo”.












