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Viernes 21 de marzo de 2025 - 12:30 AM

Conexiones del pasado

Independientemente del sentido religioso de las festividades y de los ritos que las acompañan, cada época del año tiene su propia costumbre aparejada.

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Desde siempre me han fascinado las celebraciones y tradiciones familiares. En mi niñez yo era el encargado de “sugerirle” a mi abuela los platillos tradicionales y me consideraba el catador oficial de sus recetas. Hoy en día, me esfuerzo por revivir todas esas costumbres para asegurarme de que no se pierdan en las nuevas generaciones. Independientemente del sentido religioso de las festividades y de los ritos que las acompañan, cada época del año tiene su propia costumbre aparejada.

Estamos en tiempo de “Cuaresma”, época que recuerda rituales que se remontan más de 5000 años hasta Mesopotamia y Egipto, marcando el inicio de la primavera. En muchas culturas antiguas, incluidos los celtas, los germánicos y los romanos, existían rituales relacionados con la llegada del nuevo ciclo de la vida y la fertilidad de la tierra. A menudo incluían prácticas de ayuno, limpieza espiritual y renovación que se expresaban en sacrificio y reflexión, y ya fuera en preparación o como remate de esos períodos de introspección, existían festivales que los romanos llamaron bacanales, en honor al dios Baco o Dionisio, el “dios de la naturaleza, de la fecundidad y la vegetación, especialmente conocido como dios del vino y el éxtasis”. Festividades como la Lupercalia y los Saturnales en Roma y las Dionisiacas en Grecia, incluían ritos de fertilidad, banquetes, desfiles y el uso de máscaras y disfraces.

Desde el medioevo, estas festividades paganas fueron absorbidas y transformadas por el sincretismo cristianismo y empezaron a celebrarse los carnavales -la misma tradición antigua que marca la llegada de la primavera- inmediatamente antes de la Cuaresma: los célebres carnavales de Venecia, de Rio de Janeiro, de Barranquilla, el Mardi Gras de New Orleans, el de Tenerife y tantos otros, son herederos directos de esos ritos antiguos, y como son previos al periodo de reflexión, privaciones y ayuno de la Cuaresma, fueron bautizados a partir de dos expresiones en latín, carnem levare o carnelevarium, que significan quitar la carne.

En este contexto, la Cuaresma se convierte en un tiempo de reflexión, no solo sobre la espiritualidad, sino también sobre nuestros lazos con la familia, la historia y la cultura. Las comidas que se preparan en esta época son más que simples comidas: son recuerdos materializados, tradiciones que se traspasan con amor, añoranza y dedicación. Cada bocado se convierte en un homenaje a aquellos momentos compartidos alrededor de la mesa, llenos de risas, cuentos y la calidez de la conexión familiar.

Así, al revivir estos rituales, estamos afianzando la continuidad que une el pasado con el presente, asegurando que las nuevas generaciones también puedan experimentar y a su vez legar la riqueza y el significado de nuestras costumbres. Con cada celebración, en cada plato elaborado, en cada historia compartida, recordamos quiénes somos, lo que valoramos, nuestros orígenes, fomentando un sentido de pertenencia que trasciende en el tiempo.

En el entorno actual del país, con posturas opuestas, es vital mantener nuestras tradiciones, ya que no solo son nuestra herencia cultural, sino que también fomentan la unidad y el sentido gregario y de pertenencia. La preservación de costumbres y celebraciones proporciona una conexión con nuestras raíces y puede ayudarnos a encontrar puntos en común, promoviendo el respeto, la tolerancia y la comprensión en tiempos de polarización, contribuyendo a un futuro más colectivo, más común y cohesionado.

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